El relato pendiente de las mujeres

El relato pendiente de las mujeres

Las sociedades no cambian solo por datos o políticas. Como las personas, la sociedad cambia cuando cambiamos las historias que nos contamos a nosotros mismos. Por eso a menudo vivimos crisis que no solo son sociales, económicas o ecológicas, sino que son, además, culturales. En torno a la mujer hemos hecho, en mi opinión, un relato pobre y confuso.

A menudo hablamos de diversidad y hablamos de igualdad intercambiando términos que significan cosas distintas.

Hoy usamos con frecuencia, desde la empresa, la palabra diversidad. Por supuesto, la diversidad como modelo de gestión enriquece y mucho. Varios estudios aportan evidencia en este sentido, como el publicado por la OIT Transforming Enterprise through diversity and inclusion. En ellos se menciona que la diversidad, cuando va acompañada de inclusión, conecta directamente con la innovación y el desempeño empresarial. Estoy totalmente de acuerdo: la diversidad es una estrategia “muy urgente” de gestión empresarial.

Pero no podemos confundir el reconocimiento a la diversidad –visibilizar identidades diversas–, con la corrección de desigualdades estructurales a las que se refiere la igualdad de género. La igualdad conecta con el cumplimiento de los derechos humanos y es una obligación legal que todos debemos acatar.

Como empresa que desea tener un impacto positivo en la sociedad y un rol significativo para la vida de las personas, debemos tener cuidado para que priorizar diversidad no signifique desplazar el tema de la igualdad.

Como país hemos hecho avances significativos en igualdad, aunque la brecha todavía es significativa: según el último dato del INE 2024 en España, la proporción de mujeres en cargos directivos es de un 34% cuando en 2015 suponía un 31%. Sí, hemos avanzado, pero tengo que confesar que ando algo inquieta, preocupada.

Estoy preocupada porque parece que el término ‘feminista’  ya es una ofensa (otra vez, ¡qué mal relato el del término feminista!).

Según el Barómetro Juventud y Género 2025 de FAD juventud en España, nos movemos entre la adhesión y la desconfianza. El sentir feminista entre los jóvenes se sitúa en su nivel más bajo desde 2021. A pesar de que casi la mitad de la juventud (49%) considera que el feminismo es necesario para la igualdad real entre hombres y mujeres, el porcentaje de los que se identifican como feministas ha pasado del 50% en 2010 al 38% en 2025.

Chimamanda Ngozi Adichie, la famosa autora con base en Estados Unidos, afirma que el término “feminista” tiene un poderoso y negativo bagaje: “Odio a los hombres, odio los sujetadores, pienso que las mujeres deben estar al cargo, no llevo maquillaje, no me depilo, siempre estoy enfadada, no tengo sentido del humor y tampoco uso desodorante”.

Estoy preocupada también porque en un foro empresarial de mujeres brillantes, directivas y empresarias se diga que: “No tenemos que hacer ruido”. ¿Es que hemos hecho demasiado “ruido” en el relato? ¿Pero qué sucede cuando normalizas lo que no es normal, y dejas de hacer notar lo que no es normal?

Y es que la realidad global es todavía dramática en torno a la igualdad de género y pese a nuestros avances, en España hay realidades que no son las de algunas afortunadas, entre las que me incluyo.

No podemos confundir el reconocimiento a la diversidad con la corrección de desigualdades estructurales a las que se refiere la igualdad de género. La igualdad conecta con el cumplimiento de los derechos humanos y es una obligación legal que todos debemos acatar.

La importancia de escuchar

Esto me hace reflexionar acerca de lo importante que son las narrativas de las cosas importantes. Que construir un relato adecuado, honesto, auténtico, pasa primero por escuchar de manera profunda.

Escuchemos a los jóvenes, a los hombres, a las mujeres. Necesitamos reflexionar sobre cómo nos contamos las cosas a nosotras mismas. Sobre cómo hablar de feminismo a nuestros hijos sin que se sientan atacados por su hermana y su madre. Sobre cómo los hombres se cuentan el feminismo.

Por cierto, me considero feminista. Me gustan los hombres, llevo sujetador, mi jefe más admirado en lo corporativo fue un hombre, llevo maquillaje, me depilo, tengo alegría de vivir, intento reírme mucho y no puedo vivir sin desodorante. Y soy empresaria en una compañía dedicada a generar impacto positivo, con hombres y mujeres que trabajan cada día por cambiar las cosas.

La cultura no hace a las personas. Las personas creamos la cultura, desde el relato, desde la sociedad, la empresa, los medios, las marcas, ONG y las administraciones. Y tenemos una obligación como personas y profesionales de construir un relato que haga justicia con la realidad social y pese al contexto.

Con relato… Y con acción.

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