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Katherine Graham y Jeff Bezos. Foto Bezos: Matt McClain/The Washington Post.
De Graham a Bezos: cómo muere The Washington Post en la oscuridad
Mientras Amazon MGM Studios destinaba alrededor de 75 millones de dólares a la adquisición y promoción de Melania, un documental hagiográfico sobre la esposa de Donald Trump, el diario de su propiedad, The Washington Post, anunciaba el despido de más de 300 periodistas. Esta cifra, que supone aproximadamente un tercio de su plantilla, ha sido analizada por medios como Newsweek como un síntoma de un cambio profundo en las prioridades del magnate, cuya fortuna ha crecido en más de 220.000 millones de dólares desde que adquirió la cabecera en 2013.
Para la Fundación Haz, que impulsa junto a Ethosfera el Observatorio de Medios, este caso trasciende la mera noticia internacional. Se trata de una demostración práctica de la necesidad urgente de establecer estándares de gobernanza informativa. En particular, pone de relieve la importancia de la dimensión relativa a la propiedad de los medios editoriales, un área crítica dentro de la metodología que el Observatorio emplea para evaluar la salud, la transparencia y la independencia de las instituciones periodísticas.
De la “edad dorada” al desmantelamiento
La trayectoria de Bezos al frente del diario ha pasado de una supuesta edad dorada al desmantelamiento actual. Cuando el fundador de Amazon compró la cabecera, fue recibido como un salvador que aportaría el margen financiero necesario para proteger al diario del declive del sector. Durante los años de la primera Administración Trump, el periódico creció en influencia y suscriptores, reforzando su papel como contrapeso democrático bajo el lema “La democracia muere en la oscuridad”. Sin embargo, esa narrativa de independencia se ha quebrado recientemente, revelando la fragilidad de un modelo basado en la voluntad de un solo individuo.
En 2024, Bezos bloqueó personalmente el editorial de apoyo a la candidatura de Kamala Harris, rompiendo una tradición de 36 años de posicionamientos presidenciales. Según relata The New Yorker, esta decisión provocó la cancelación de más de 250.000 suscripciones digitales en pocos días y marcó el inicio de una reorientación ideológica de la sección de Opinión hacia los pilares de las libertades personales y el libre mercado, limitando el espacio para visiones críticas con ese marco. Este giro no solo afectó a la línea editorial, sino que erosionó la confianza de una audiencia que veía en el diario un baluarte de independencia frente al poder político.
El golpe definitivo ha llegado en febrero de 2026 con un recorte masivo detallado por NPR. La reestructuración elimina las corresponsalías en Oriente Medio y Ucrania, cierra la sección de Deportes tal como se conocía y suprime programas esenciales de análisis y cultura como el pódcast diario Post Reports. Resulta especialmente simbólico el despido de Caroline O’Donovan, la reportera encargada de cubrir precisamente a Amazon. Esta decisión subraya un conflicto de interés estructural: el principal origen de la riqueza del propietario queda ahora con menos vigilancia periodística dentro de su propio diario, justo cuando la compañía enfrenta importantes desafíos regulatorios y escrutinio público por sus prácticas laborales y de mercado.
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Un legado histórico en peligro
Lo que está ocurriendo en The Washington Post resulta especialmente grave por tratarse de una institución que ha sido, durante décadas, un símbolo de resistencia periodística frente a la presión política y un baluarte en la defensa de la verdad. El Post no es un medio más: es el diario que en 1971 desafió al gobierno de Nixon publicando los Papeles del Pentágono, revelando las mentiras oficiales sobre la guerra de Vietnam, y que apenas un año después destapó el escándalo Watergate, una investigación que culminó con la dimisión de un presidente y que consolidó al periodismo como contrapoder democrático esencial.
La película de Spielberg Los papeles del Pentágono inmortalizó el momento en que Katherine Graham, propietaria y editora del Post, tuvo que decidir si publicar los documentos secretos del Pentágono arriesgando el futuro de su empresa y enfrentándose al hombre más poderoso del país, o ceder a las presiones de su consejo de administración que le rogaba proteger los intereses comerciales. Graham, tras una lucha interior que Meryl Streep retrata magistralmente, se yergue y exclama aliviada: “Let’s go, let’s publish”. En ese momento, la propietaria del diario antepuso la verdad y la misión periodística a sus propios intereses económicos.
El contraste con Jeff Bezos no podría ser más brutal: donde Graham arriesgó su fortuna para defender la verdad, Bezos sacrifica la capacidad investigadora del diario para proteger sus intereses comerciales con el Gobierno. Ver cómo ese mismo periódico, bajo la propiedad de uno de los hombres más ricos del mundo, recorta su capacidad de investigación, cierra corresponsalías estratégicas y despide a la reportera que cubría los negocios de su propio dueño, representa no solo una crisis institucional, sino una traición simbólica a ese legado. Si el Post cede ante los intereses de su propietario, ¿qué medio puede considerarse verdaderamente independiente?
Donde Graham arriesgó su fortuna para defender la verdad, Bezos sacrifica la capacidad investigadora del diario para proteger sus intereses comerciales con el Gobierno.
El Observatorio de Medios y la gobernanza de la propiedad
Desde la óptica del Observatorio de Medios, la información de calidad debe ser tratada como un bien público. Por ello, su gobernanza debe evaluarse con el mismo rigor que el gobierno corporativo de cualquier gran empresa, analizando quién posee realmente el medio y si existen mecanismos formales que limiten la injerencia del dueño en las decisiones editoriales. El caso del Washington Post representa un escenario de alto riesgo según estos estándares. Al tratarse de una propiedad concentrada en un individuo con enormes intereses comerciales frente al gobierno, y ante la ausencia de contrapesos institucionales o consejos independientes con poder real, la misión informativa queda supeditada a la voluntad personal del propietario.
Este patrón de vulnerabilidad no es exclusivo de Bezos. Un extenso reportaje de The Guardian pone de manifiesto cómo este fenómeno se extiende por el mapa mediático estadounidense, configurando lo que algunos analistas llaman la “oligarquización” de la prensa. El Los Angeles Times, bajo el control del magnate Patrick Soon-Shiong, ha vivido tensiones similares y cancelaciones de apoyos editoriales que chocaban con los intereses del dueño. En CBS News, el cambio de control tras la fusión de Paramount con Skydance ha situado la redacción bajo la influencia de la familia Ellison, lo que ya se ha traducido en la designación de perfiles ideológicos en puestos clave y la cancelación de investigaciones sensibles sobre políticas migratorias.
A este panorama se suma el poder de las grandes plataformas tecnológicas. Líderes de compañías como Apple, Google o Meta controlan los algoritmos que deciden qué noticias llegan al ciudadano, a menudo bajo criterios de conveniencia política o regulatoria. La gobernanza de la información ya no es solo una cuestión de redacciones; es también una cuestión de transparencia en la distribución digital y de cómo los intereses de las “Big Tech” moldean el acceso a la verdad. La cercanía de estos líderes tecnológicos a las esferas de poder político plantea dudas razonables sobre la neutralidad de los flujos de información en la era digital.
La gobernanza informativa muere cuando es opaca y personalista (...) Solo a través de una gobernanza robusta y transparente podremos asegurar que los medios sigan cumpliendo su función esencial de vigilancia y servicio a la sociedad.
Lecciones para una información responsable
La experiencia del Observatorio de Medios deja lecciones claras para el futuro del sector. La primera es que la propiedad importa y debe ir acompañada de estructuras que limiten el poder discrecional del dueño. No basta con la buena voluntad de un mecenas; se requieren salvaguardas institucionales, como consejos editoriales autónomos o estatutos de redacción vinculantes, que protejan la independencia editorial frente a los intereses comerciales del propietario.
La segunda lección es la necesidad de explorar modelos de propiedad orientados al interés público. Existen alternativas consolidadas, como los fideicomisos o las fundaciones sin ánimo de lucro que ya sostienen a cabeceras como The Guardian (propiedad del Scott Trust) o The Philadelphia Inquirer. En estos modelos, los beneficios no se destinan exclusivamente a dividendos o a financiar otros negocios del propietario, sino que se reinvierten íntegramente en la propia misión periodística, garantizando una estabilidad que el modelo de “propietario único” ha demostrado no poder ofrecer.
Finalmente, es imperativo que la gobernanza informativa se mide y se compare mediante indicadores verificables. Evaluar la transparencia de la propiedad, la gestión de los conflictos de interés y la independencia de la dirección no es un lujo académico, sino una condición necesaria para que la democracia esté bien informada. El lema del diario, “La democracia muere en la oscuridad”, adquiere hoy un nuevo significado: la gobernanza informativa también muere cuando es opaca y personalista. Iniciativas como el Observatorio de Medios demuestran que es posible mirar a los medios como instituciones democráticas cuyo gobierno debe ser escrutado con el mismo rigor con el que ellos deben escrutar al poder. Solo a través de una gobernanza robusta y transparente podremos asegurar que los medios sigan cumpliendo su función esencial de vigilancia y servicio a la sociedad.

