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Salud mental: de bienestar a factor clave de riesgo y rendimiento en las empresas
La salud mental ha dejado de ser un asunto limitado al bienestar individual para convertirse en un factor estratégico de competitividad y gestión de riesgos en el entorno corporativo. En un escenario marcado por la aceleración digital, las organizaciones empiezan a entender que el equilibrio emocional de sus plantillas es, en última instancia, el motor que garantiza la continuidad de sus operaciones.
Coincidiendo con el Día Mundial de la Salud (7 de abril) y el Día Mundial de la Seguridad y Salud en el Trabajo (28 de abril), expertos en gestión de riesgos alertan de que el aumento del malestar psicológico responde cada vez más a deficiencias en la organización del trabajo. El enfoque tradicional de muchas compañías se está quedando corto ante un problema que ya es de naturaleza estructural y económica.
“El planteamiento basado en talleres emocionales o iniciativas puntuales de bienestar es insuficiente”, explica Sergi Simón, asesor académico en Ealde Business School. “Estrés, ansiedad y depresión suelen tratarse como problemas individuales, pero en realidad son tres nudos de una misma cuerda: un sistema de trabajo cada vez más acelerado, digital e hiperconectado”.
Los datos reflejan la magnitud del desafío. Según la Agencia Europea para la Seguridad y Salud en el Trabajo, cerca del 29% de los trabajadores de la Unión Europea afirma sufrir afecciones vinculadas a la salud mental en su puesto. A escala global, la OMS estima que la depresión y la ansiedad generan la pérdida de 12.000 millones de días de trabajo al año, con un coste en productividad cercano al billón de dólares.
Para los especialistas, estas cifras demuestran que la salud mental tiene una materialidad económica directa. “Cuando una parte relevante de la plantilla relaciona su estado mental con el trabajo, deja de ser un asunto personal para ser un riesgo operativo, ya que se traduce en errores, absentismo, rotación de talento o daños reputacionales”, señala Simón.
Uno de los factores determinantes en esta tendencia es la hiperconectividad y la dilución de los límites entre la vida profesional y personal. Un estudio de Eurofound muestra que el 30% de los empleados se preocupa por cuestiones laborales fuera de su horario. “Si el trabajo nunca se cierra, el presente se vuelve urgente y el futuro incierto; ahí es donde el sistema colapsa bajo el peso del estrés y el agotamiento”, afirma el experto.
Ante este escenario, Ealde Business School defiende un cambio de enfoque: en lugar de abordar estos problemas únicamente desde programas de bienestar, tratar la salud mental como un riesgo organizativo vinculado al diseño del trabajo. Variables como la carga excesiva de reuniones, la ambigüedad de prioridades o la falta de periodos reales de recuperación deben gestionarse con la misma rigurosidad que cualquier otro activo de la compañía.
Esto implica, según Ealde, incorporar métricas y controles organizativos similares a los que ya se aplican en otros ámbitos de riesgo corporativo. “La desconexión digital o la gestión de la carga de trabajo no deberían verse como beneficios laborales, sino como mecanismos de control interno”, apunta el experto.
El papel del mindfulness
En paralelo, algunas compañías están empezando a revisar el papel del mindfulness dentro de las políticas corporativas. Más allá de su imagen asociada al bienestar personal, diversos estudios recientes apuntan a que los programas basados en entrenamiento de la atención pueden mejorar la capacidad de concentración, la regulación emocional y la calidad de la toma de decisiones.
“El mindfulness no es una práctica ‘new age’. En entornos de trabajo hiperconectados, es una herramienta de entrenamiento de la atención que puede ayudar a reducir errores y mejorar la calidad de las decisiones”, explica Sergi Simón.
