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La arquitectura que cura: cuando los edificios son aliados de la salud
La respuesta es sí. Y sobre esta idea nace el concepto de arquitectura saludable, una disciplina que “sitúa el bienestar físico, mental y social de las personas en el centro del diseño arquitectónico”, nos cuenta Rita Gasalla, presidenta del Observatorio de la Arquitectura Saludable. No se trata únicamente de construir edificios sostenibles o eficientes, sino de “crear entornos capaces de proteger la salud y de mejorar la calidad de vida de quienes los habitan”.
Los expertos describen esta corriente como un “enfoque profundamente ético de la arquitectura”. Su objetivo es concebir espacios que, además de respetar el medio ambiente, “contribuyan activamente al bienestar de las personas”, afirma Gasalla. En cierto modo, supone utilizar la arquitectura como una forma de medicina preventiva.
Para Manuel Moriche, de ARK, la arquitectura saludable “no es un concepto abstracto ni una moda, es, en realidad, un compromiso ético con el ser humano”. Él describe la vivienda o los espacios donde se trabaja como una tercera piel. “Si la primera es nuestra biología y la segunda es la ropa que elegimos, la tercera es el espacio que habitamos”.
La importancia de esta perspectiva cobra especial relevancia si tenemos en cuenta los datos de la Organización Mundial de la Salud. Según se recoge en el ámbito de la arquitectura saludable, “alrededor del 24% de las muertes a nivel mundial están relacionadas con factores ambientales como la contaminación del aire, del agua y del suelo, el ruido, determinadas condiciones laborales o la exposición a sustancias químicas”, informa Gasalla. Factores que “contribuyen a la aparición o que están relacionados con más de 100 tipos de enfermedades”. Si pasamos cerca del 90% de nuestro tiempo en espacios cerrados, se puede deducir que mucho de los daños que recibimos “se produce en el interior de los edificios”, indica Gasalla.
En su opinión, “estas cifras evidencian que la calidad de los edificios donde vivimos, trabajamos o recibimos atención sanitaria tiene un impacto mucho mayor del que habitualmente imaginamos”.
vivimos en espacios interiores
¿Qué hace que un edificio sea saludable?
No todo lo que parece saludable es saludable y no todo lo que parece arquitectura saludable lo es. Esta, señala Gasalla, “comienza mucho antes de colocar el primer ladrillo”. Su principio básico consiste en “incorporar la salud como objetivo prioritario desde la fase inicial del proyecto, una decisión que condiciona la organización de los espacios, los sistemas constructivos y la selección de materiales”.
Para conseguir que un edificio sea saludable, es básico que “durante toda su vida útil pueda alcanzar los parámetros técnicos que contribuyan al bienestar”, describe Gasalla.
Entre los factores que deben controlarse se encuentran: La calidad del aire interior y del agua, el confort térmico y acústico, la iluminación natural y artificial, el uso de materiales saludables, el control de las radiaciones electromagnéticas, la ergonomía o la integración de elementos naturales, conocida como biofilia.
Todos ellos, explica la experta, “son parámetros medibles que deben mantenerse a lo largo de toda la vida útil del edificio”.
En opinión de Moriche, “hay elementos que deberían ser universales”. Lo primero es la “calidad del aire” para lo que es indispensable “un sistema de ventilación eficiente que elimine alérgenos y contaminantes”. Esto, afirma, “es vital”. “una ventilación adecuada, la reducción de contaminantes y la elección de materiales con bajas emisiones contribuyen a prevenir problemas respiratorios y a mejorar el bienestar general”, informa Gasalla.
Después, añade, Moriche, estaría “el confort térmico y acústico; no hay salud si hay ruido o corrientes de aire que rompan nuestra paz”. También es fundamental “la materialidad honesta, huyendo de lo sintético para evitar dañar al sistema respiratorio y, por supuesto, una conexión visual con el exterior, incluso en el entorno más urbano”.
Intervienen factores como la calidad del aire y agua, el confort térmico y acústico, la iluminación, los materiales saludables, las radiaciones electromagnéticas, la ergonomía o la integración de elementos naturales.
A su juicio, “el ser humano necesita ver el cielo y la vegetación para mantener su equilibrio mental. Eso no es lujo, es una necesidad humana básica” en la que entra también la iluminación. Como señala el experto, “la luz natural es nuestra principal herramienta de trabajo; no nos limitamos a calcular cuánta luz entra, sino cómo baña los espacios y cómo transforma el estado de ánimo de quien vive allí”. El acceso a la luz natural y “el diseño de sistemas de iluminación adaptados a los ritmos biológicos” tienen un impacto real en la salud ya que “ayudan a regular los ciclos circadianos, favorecen el descanso y contribuyen al equilibrio emocional”, señala Gasalia.
Por último, la biofilia —la incorporación de naturaleza dentro de los edificios mediante vegetación, materiales naturales o vistas al exterior— “ha demostrado ser una herramienta eficaz para reducir el estrés y mejorar la sensación de bienestar”, apunta Gasalla. El entorno es, según Moriche, “el punto de partida” de la arquitectura saludable. “Integrar el paisaje en el interior, lo que llamamos biofilia, reduce el ritmo cardíaco de forma natural. Es devolverle al ser humano esa conexión ancestral con la tierra que nunca debimos perder”.
En definitiva, la arquitectura saludable entiende el edificio como un sistema capaz de influir directamente en el comportamiento, en las emociones y en la salud de sus usuarios.
Edificios que ayudan a sanar
La mayoría de las personas desconoce que cuando se diseña pensando en la salud se obtienen resultados medibles. Uno de los efectos más evidentes está en el estrés. Vivir rodeados de una arquitectura saludable “reduce los niveles de cortisol, regulando el sistema endocrino y fomentando un estado de calma que el mundo exterior, con su ruido y su prisa, suele robarnos”, destaca Moriche.
“La arquitectura puede, por ejemplo, regular nuestros ritmos circadianos de una manera casi quirúrgica. Si manejamos la luz de forma que el cuerpo segregue melatonina o cortisol cuando toca, estamos garantizando un descanso real”.
Pero no solo eso, los edificios saludables logran, además, “mejorar nuestro bienestar porque lo que nos rodea deja de ser un objeto estático para convertirse en un organismo vivo que respira con nosotros”.
Y, añade, tiene un poder preventivo inmenso. “La arquitectura puede, por ejemplo, regular nuestros ritmos circadianos de una manera casi quirúrgica. Si manejamos la luz de forma que el cuerpo segregue melatonina o cortisol cuando toca, estamos garantizando un descanso real”.
Si vamos más allá, “un edificio saludable reduce la carga tóxica del ambiente eliminando compuestos volátiles nocivos y protegiéndonos de radiaciones electromagnéticas. Incluso puede combatir el sedentarismo si el diseño invita al movimiento orgánico dentro de la casa”, explica el experto. Al final, “un espacio proporcionado y armónico tiene un impacto directo en la reducción de la ansiedad; es salud emocional construida con muros”.
Quizá sea en el ámbito sanitario donde la relación entre arquitectura y salud resulta más evidente.
Diversas investigaciones han demostrado que el entorno físico puede influir significativamente en los procesos de recuperación de los pacientes. Como informa Gasalla, “uno de los estudios más conocidos fue realizado por el investigador Roger Ulrich en 1984”. Este trabajo reveló que “los pacientes hospitalizados en habitaciones con vistas a la naturaleza presentaban estancias postoperatorias más breves, menos complicaciones y menor necesidad de analgésicos que aquellos cuyas habitaciones daban a un muro”.
Estudios como este impulsaron el desarrollo del denominado Diseño Basado en la Evidencia (Evidence-Based Design), una metodología que, como explica la experta, “aplica conocimientos científicos al diseño de espacios sanitarios con el objetivo de mejorar los resultados asistenciales”.
Un ejemplo destacado en España es la renovación del Hospital Mare de Déu de la Mercè, donde se apostó por un diseño centrado en el paciente. En este proyecto “se prestó especial atención a la entrada de luz natural, al uso terapéutico del color, a los materiales biofílicos y a la incorporación de vegetación visible desde los espacios interiores”, explica en detalle Gasalia. El resultado es “un entorno que contribuye a reducir el estrés, facilita la orientación de usuarios y visitantes y humaniza la experiencia hospitalaria para pacientes, familiares y profesionales”.
Ambos expertos coinciden en que hospitales mejor diseñados no solo benefician a los pacientes sino que también favorecen la concentración, la comunicación y el rendimiento de los equipos sanitarios, repercutiendo positivamente en la calidad de la atención sanitaria.
Oficinas, hoteles y ciudades para vivir mejor
Cuando hablamos de arquitectura saludable es casi imposible desviar la mirada a algo que no sean los hospitales y los centros sanitarios pero estos edificios no son los únicos que pueden verse así. De hecho, la arquitectura saludable va mucho más allá de los hospitales y su aplicación se extiende a cualquier espacio en el que las personas desarrollan su vida cotidiana.
Un ejemplo representativo que señala Gasalla son las oficinas de Jazz Pharmaceuticals en Madrid, “concebidas para fomentar hábitos saludables durante la jornada laboral”. Este proyecto “incorpora espacios orientados a la socialización, soluciones para combatir el sedentarismo mediante mobiliario activo y estrategias de neuroarquitectura destinadas a potenciar la concentración, la creatividad y la colaboración entre equipos”. Además, indica la arquitecta, en estas oficinas “se optimizaron aspectos como la calidad del aire, la acústica, el confort térmico, la iluminación circadiana, la ergonomía y la presencia de elementos naturales”.
Este cambio de concepto a la hora de diseñar espacios en los que trabajar de forma saludable no solo beneficia a los trabajadores sino que, sin pretenderlo (o sí) también tiene un efecto en el rendimiento y en la productividad. Como afirma Gasalla, “cada vez más empresas comprenden que trabajadores más saludables y satisfechos suelen presentar mayores niveles de productividad y menor absentismo”.
Otro ejemplo es el sector turístico que también se ha sumado a esta tendencia. Sin ir más lejos, aquí en España, el Hotel Acouga, en Ourense, ha sido reconocido por integrar criterios de bienestar en el diseño de sus instalaciones. En este caso, “cobran especial protagonismo la relación con el entorno natural, el confort acústico y la calidad ambiental interior, aspectos fundamentales para favorecer el descanso y la desconexión de los huéspedes”.
Incluso la restauración está descubriendo el valor de estos planteamientos. Algunos establecimientos utilizan el diseño arquitectónico para crear atmósferas que generen bienestar, diferenciándose a través de experiencias más agradables y saludables para sus clientes.
A escala internacional también existen referencias emblemáticas como los Maggie’s Centres del Reino Unido, diseñados por arquitectos de prestigio como Norman Foster, Zaha Hadid o Frank Gehry, centros de apoyo a pacientes oncológicos que parten de una idea sencilla pero revolucionaria: “La arquitectura puede formar parte del proceso de cuidado y acompañamiento emocional”.
Otro caso paradigmático es el campus Googleplex, en California, concebido, informa la experta, “para promover el bienestar físico y mental mediante abundante luz natural, ventilación, grandes zonas verdes, áreas de descanso y espacios que invitan al movimiento y a la interacción social”.
El futuro de una arquitectura centrada en las personas
Estos son algunos ejemplos de lo que ya se está haciendo, pero ¿cuál será el futuro? Los expertos creen que la vivienda, los centros educativos, las residencias de mayores, los espacios de trabajo e incluso el diseño urbano deben verse y entenderse como elementos que influyen en nuestra salud de manera constante y que hay que construir con este objetivo.
En los hogares, donde pasamos gran parte de nuestra vida, “las condiciones ambientales afectan directamente al descanso, a la salud respiratoria y al bienestar emocional”, explica Gasalla, y esto hay que entenderlo para el diseño del futuro. También en los colegios donde “una mejor calidad ambiental puede favorecer la atención, la memoria y el rendimiento académico y en las residencias y centros asistenciales, donde los beneficios resultan especialmente importantes para personas vulnerables”. Esto, apunta Moriche, “no es lujo, es una necesidad humana básica”.
La arquitectura saludable representa, en definitiva, un cambio de paradigma. Ya no basta con que los edificios sean resistentes, bonitos o eficientes energéticamente sino que también deben ser saludables. Porque, como concluye Gasalla, “si pasamos la mayor parte de nuestra existencia dentro de edificios, quizás haya llegado el momento de exigir que esos espacios no solo nos protejan de la intemperie, sino que también trabajen activamente a favor de nuestra salud”.



