Más allá del impacto verde: cómo financiar una transición que no deje a nadie atrás

La sostenibilidad no se limita a los grandes temas ambientales. También implica construir una sociedad más justa e inclusiva, en la que nadie se quede atrás. En esta dimensión social, las entidades financieras desempeñan un papel clave al canalizar recursos hacia iniciativas y proyectos que amplían las oportunidades de los colectivos más vulnerables.
<p>Proceso de producción en Wapin, empresa panameña de zumos naturales apoyada por la Fundación Microfinanzas BBVA.<p>

Proceso de producción en Wapin, empresa panameña de zumos naturales apoyada por la Fundación Microfinanzas BBVA.

Cuando aparece la palabra sostenibilidad en la conversación pública, suele asociarse al impacto de nuestras acciones sobre el planeta. El cambio climático, la generación de residuos, la pérdida de biodiversidad o la destrucción de ecosistemas acaban monopolizando el debate acerca de lo que es o no sostenible. Con ello olvidamos que, en realidad, la sostenibilidad se asienta sobre tres ejes: el ambiental, el social y el económico.

Así lo estableció ya en 1987 el Informe Brundtland, que definió el desarrollo sostenible como “aquel capaz de satisfacer las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer las suyas”. Para que esas necesidades puedan cubrirse, resulta indispensable contar con un tejido social sólido y cohesionado.

Ese es precisamente el objetivo de la sostenibilidad social: la generación de oportunidades para que todos los miembros de una comunidad, comenzando por los colectivos más vulnerables y desfavorecidos, puedan disfrutar de unas condiciones de vida dignas.

¿Cómo se financia una sociedad más justa?

Los retos actuales de la sostenibilidad social pasan por ampliar el acceso de la población a la educación, al empleo, la vivienda, la sanidad, la inclusión financiera o el emprendimiento. Estas cuestiones interpelan no solo a las administraciones públicas sino también a las empresas, en su doble rol de actores económicos y sociales.

En este contexto, el sector bancario ocupa un espacio decisivo por su capacidad para aportar recursos a proyectos que contribuyen a mejorar la vida de las personas. En el caso de las entidades financieras, la sostenibilidad social puede impulsarse por dos vías complementarias: por un lado, canalizando financiación y soluciones financieras hacia proyectos, clientes e iniciativas con impacto social; por otro, mediante la inversión directa en programas sociales.

BBVA es un ejemplo de este enfoque. En 2025, la entidad canalizó 30.000 millones de euros en negocio sostenible vinculado al ámbito social, un 52% más que en 2024. A ello se sumaron 191,5 millones de euros destinados directamente a programas e iniciativas sociales a nivel global, un 7,6% más que el año anterior.

El sector bancario ocupa un espacio decisivo por su capacidad para aportar recursos a proyectos que contribuyen a mejorar la vida de las personas.

Un impacto con alcance global y nombres propios

Los 30.000 millones de euros canalizados en negocio sostenible en el ámbito social se distribuyeron entre empresas, clientes minoristas y clientes corporativos. El mayor volumen correspondió a empresas, con más de 13.000 millones de euros destinados a financiar clientes con impacto social e infraestructuras vinculadas a la educación, la salud o la conectividad. El segmento minorista, por su parte, superó los 11.300 millones y fue el que más creció, impulsado sobre todo por la financiación a emprendedores, microempresas y colectivos vulnerables. Finalmente, los clientes corporativos movilizaron unos 5.800 millones, con especial peso de las infraestructuras inclusivas y la colocación de bonos sostenibles y sociales.

Desde el punto de vista geográfico, España fue el principal mercado en movilización social, con cerca de 8.000 millones de euros canalizados. El foco principal en el mercado nacional fue la financiación a pymes y el apoyo financiero a las administraciones públicas para la gestión sanitaria y de servicios sociales.

En segundo lugar, Turquía superó los 5.000 millones de euros, con una estrategia orientada al emprendimiento femenino y a infraestructuras sociales básicas más resilientes ante desastres naturales.

Detrás de estas cifras también hay proyectos concretos y nombres propios. En este último país, por ejemplo, destaca el caso de Müge Baltaci, ingeniera ambiental premiada por Garanti BBVA en 2023 como emprendedora de mayor impacto social. Baltaci es la fundadora de Mol-e, una startup que facilita la gestión de residuos electrónicos mediante inteligencia artificial. Gracias a su plataforma, los usuarios obtienen puntos por reciclar dispositivos que luego pueden emplear en donaciones, generando recursos para distintos proyectos de impacto medioambiental y social.

México aportó más de 4.000 millones de euros, impulsado por la emisión de bonos sociales y la bancarización de nuevos clientes. En América del Sur, la movilización conjunta superó los 2.500 millones, con foco en infraestructuras sociales, emprendimiento rural, pymes lideradas por mujeres e inclusión financiera.

Detrás de estas cifras hay nombres propios, como Müge Baltaci, emprendedora turca y fundadora de Mol-e, una ‘startup’ que facilita la gestión de residuos electrónicos mediante IA.

Inversión directa para transformar comunidades

En paralelo a su actividad de negocio, la inversión directa en programas e iniciativas sociales también ha seguido creciendo. En 2025, los 191,5 millones destinados a estas iniciativas alcanzaron a 7,7 millones de personas, con proyectos orientados principalmente a ampliar oportunidades en ámbitos como la educación, la investigación, el medioambiente o la reducción de desigualdades. Por áreas geográficas, el mayor volumen de inversión se concentró en México, seguido de España.

Esta ayuda se canaliza, en gran medida, a través de las fundaciones vinculadas al banco, cuyas actuaciones transforman directamente realidades vulnerables. En América del Norte, la Fundación BBVA México impulsa el programa ‘Chavos que Inspiran’, que beca a jóvenes con talento y escasos recursos durante diez años para que sean los primeros de sus familias en acceder a la universidad.

Por su parte, y con un enfoque emprendedor, la Fundación Microfinanzas BBVA ha acumulado a lo largo de su historia un apoyo vital para más de 7,5 millones de emprendedores en situación de vulnerabilidad, otorgando 23.000 millones de dólares en microcréditos en países como Colombia, Perú, República Dominicana, Panamá o Chile.

Ese impacto cobra forma en historias de personas que han podido rehacer sus vidas, como Dimas Álvarez, un ingeniero industrial panameño con más de 25 años de experiencia que decidió emprender justo antes de la pandemia de covid. Había invertido los ahorros de toda una vida en maquinaria para poner en marcha un negocio alimentario cuando el confinamiento paralizó sus planes. Con el apoyo de la Fundación Microfinanzas BBVA, reconvirtió el proyecto y apostó por la elaboración de zumos naturales, ante la escasa oferta de bebidas saludables en Ciudad de Panamá. Hoy, Wapin es una empresa consolidada que, además de generar actividad económica, contribuye a combatir la obesidad infantil con productos sin azúcares añadidos.

O la historia de Yorlenis Huertas, una agricultora colombiana que lidera un valiente proyecto en Macayepo, una zona de excelentes tierras, pero castigada por el conflicto armado y el aislamiento. Gracias al microcrédito, Yorlenis no solo superó los bloqueos de transporte y la falta de mano de obra, sino que hoy cultiva yuca, plátano, aguacate y arroz, entre otros; sustenta a su familia y da empleo a otras cinco personas, erigiéndose en un motivo de orgullo para toda su comunidad.

Historias como las de Müge, Dimas o Yorlenis muestran que la ‘S’ de sostenibilidad no es un concepto abstracto. Detrás de la financiación, los programas sociales y los miles de millones movilizados hay personas, comunidades y oportunidades. Y ese tejido social más sólido es, precisamente, el cimiento que permite que cualquier avance de futuro perdure.

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