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Juventud, discapacidad y empleo: mirar al futuro sin dejar a nadie atrás
No es secreto para nadie que el mercado laboral está cambiando a gran velocidad. La automatización, la inteligencia artificial y la aparición de nuevos perfiles profesionales están transformando los puestos de trabajo y las competencias necesarias para acceder a ellos.
Esta realidad afecta, por supuesto, a toda la población activa, pero para las personas jóvenes con discapacidad el reto es mayor, porque necesitan incorporarse al mercado laboral y hacerlo en condiciones que no limiten sus oportunidades futuras.
Los datos recientes de Fundación Randstad muestran una paradoja que debería preocuparnos como personas que formamos parte del tejido empresarial y de la sociedad en general, y es que las personas con discapacidad han avanzado de forma muy significativa en términos educativos, pero ese progreso no se está traduciendo con la misma intensidad en empleos acordes a su cualificación.
Según nuestro informe sobre empleos del futuro, el 67% del trabajo de las personas con discapacidad se concentra en ocupaciones asociadas a competencias estabilizadas o en declive, mientras que solo una parte limitada accede a puestos de alta cualificación.
Esta brecha es una pérdida de talento que, en el caso de las personas jóvenes, puede convertirse en una barrera de largo recorrido. Debemos tener en cuenta que el primer empleo y las primeras experiencias profesionales condicionan muchas veces la trayectoria posterior, por lo que, si una persona joven con discapacidad accede al mercado a través de ocupaciones poco conectadas con sus capacidades, con bajo margen de desarrollo o especialmente expuestas a la automatización, se limita su presente, pero también se estrechan sus posibilidades de futuro.
No podemos negar que la transformación del empleo puede ser una oportunidad extraordinaria para avanzar hacia un mercado laboral más flexible, accesible y centrado en las competencias reales de las personas. Tampoco que la tecnología bien utilizada puede eliminar barreras, facilitar adaptaciones y abrir nuevos espacios de participación; pero así como tiene su lado bueno también es urgente entender que esta puede profundizar desigualdades si no se acompaña de formación, orientación y compromiso empresarial.
No podemos negar que la transformación del empleo puede ser una oportunidad extraordinaria para avanzar hacia un mercado laboral más flexible, accesible y centrado en las competencias reales de las personas.
Por eso, la juventud con discapacidad debe ocupar un lugar prioritario en la conversación sobre el futuro del trabajo desde la lógica del talento, los derechos y la competitividad. Porque, además de que un puesto de trabajo es indispensable para la autonomía de cada joven, con y sin discapacidad, las empresas que no incorporen esta perspectiva estarán renunciando a capacidades muy valiosas (Ver. La inclusión laboral de personas con discapacidad como factor de competitividad empresarial).
En este Día Internacional de la Juventud, queremos hacer una invitación a preguntarnos: ¿estamos preparando a todos los jóvenes para el empleo del futuro? La respuesta exige reforzar la formación continua en competencias digitales, cognitivas y socioemocionales; conectar mejor los itinerarios educativos con los sectores emergentes, acompañar a las empresas en procesos verdaderamente inclusivos y escuchar a las personas jóvenes con discapacidad como protagonistas de las soluciones.
No podemos permitir que el futuro del empleo se convierta en una nueva frontera de desigualdad. Hablar de juventud es hablar de futuro, hablar de discapacidad es hablar de derechos y hablar de empleo es hablar de autonomía, participación y proyecto de vida. Por eso, el compromiso debería ser que ningún joven vea reducido su horizonte profesional por prejuicios, barreras o inercias del pasado. El empleo del futuro debe contar con todos.

