Una reinvención de la universidad

‘The Wall Street Journal’ se hacía eco hace unos días de una iniciativa educativa que merece la pena seguir. La firma estadounidense de capital de riesgo Andreessen Horowitz ha fundado la Horowitz Andreessen Academy, que es una alternativa a la universidad tradicional.
<p>Gagan Biyani, fundador de la academia, junto a un grupo de estudiantes. Foto: Horowitz Andreessen Academy.<p>

Gagan Biyani, fundador de la academia, junto a un grupo de estudiantes. Foto: Horowitz Andreessen Academy.

El proyecto cuenta con una inversión de 35 millones de dólares y el respaldo de gigantes tecnológicos como Anthropic, Google, Meta, Nvidia y OpenAI, entre otros. Tiene su sede en San Francisco, está dirigido a jóvenes de 16 a 22 años y ofrecerá dos cursos de estudios y prácticas, y esto es importante, los alumnos no obtendrán ningún título. No les hará falta para trabajar en las empresas que les contratarán si terminan con aprovechamiento los dos años.

El programa combinará el aprendizaje basado en proyectos con periodos de prácticas y clases impartidas por referentes de la industria, prescindiendo de los requisitos académicos para los profesores ‘tradicionales’. Aunque expertos universitarios muestran escepticismo por la falta de acreditación oficial y la pérdida de diversidad social frente a la universidad convencional, “sus impulsores defienden que este modelo práctico responde mejor a las necesidades de los futuros fundadores y talentos tecnológicos”, dice The Wall Street Journal. ¿Quién puede enseñar mejor a diseñar un algoritmo que los diseñadores de algoritmos de Google o Microsoft? ¿Quién sabe  más de robots humanoides que quien acaba de diseñar el último modelo de Boston Dynamics, la empresa líder en Estados Unidos?

Este proyecto forma parte de una tendencia más amplia entre los gigantes tecnológicos para crear vías de formación hiperespecializadas y adaptadas a las necesidades reales de la industria –especialmente en tecnología e inteligencia artificial–, esquivando el modelo de la universidad tradicional de cuatro años. Los patrocinadores aspiran a “captar de forma temprana a la próxima generación de innovadores en un entorno donde los estudiantes destinarán gran parte de su tiempo a la construcción de productos y al desarrollo personal”.

En realidad, el modelo no es nuevo del todo. En España, por ejemplo, ya se da en la profesión periodística. Las principales empresas informativas –Prisa, Unidad Editorial, Vocento…– tienen en el mercado sus propios másteres de uno o dos años dirigidos a graduados de cualquier carrera, con profesores que son profesionales en activo, y  nutren las plantillas con esos alumnos cuando hay huecos que cubrir. Pero este caso tiene sensibles diferencias. En primer lugar, para acceder al máster se necesita el título de licenciado en algún grado oficial. Además, todos los másteres están adscritos a una universidad – por ejemplo, Prisa a la Autónoma de Madrid, Unidad Editorial al CEU, también de Madrid y ABC (Vocento) a la Complutense– y son las universidades las que expiden los títulos.

En cambio, la Horowitz Andreessen Academy funciona totalmente al margen de la universidad. Es un sector, en este caso el tecnológico, el que forma –en la teoría y en la práctica– a sus trabajadores en las materias que las compañías consideran fundamentales, y las propias empresas saben que los trabajadores que salgan de la academia estarán perfectamente preparados para desempeñar su labor. Porque son ellas las que los han formado. Por eso no hace falta ningún título.


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¿Qué pasaría si éste modelo se expande? Quitando algunas profesiones en las que sí se necesita una certificación oficial para ejercer por diversos motivos –medicina y otras ciencias de la salud, el notariado, la judicatura, quizá la arquitectura y algunas ingenierías–, es planteable que en muchas otras –abogados, auditores, periodistas, profesores, consultores, programadores y otros empleos informáticos, economistas…– no sea exigible.

En resumen: los impulsores de la Horowitz Andreessen Academy argumentan que este enfoque hiperespecializado responde de forma mucho más ágil y eficaz a las necesidades de los futuros fundadores y talentos digitales. El objetivo final no es otro que captar de forma temprana a la próxima generación de innovadores en un entorno donde el tiempo se invierte en construir productos tangibles y en el desarrollo personal, esquivando los cuatro años de burocracia y planes de estudio quizá obsoletos que caracterizan a las universidades convencionales.

Este planteamiento surge en un momento de convulsión en la universidad. La aparición de la inteligencia artificial está revolucionando los métodos de aprendizaje y de control de ese aprendizaje. Y cada vez es más patente que para muchos jóvenes, la promesa de un título universitario ha dejado de ser el pasaporte seguro al éxito laboral que solía ser, quedando eclipsada por la falta de experiencia práctica en el mundo real. En Estados Unidos, además, se incluye el problema del elevado endeudamiento que asumen los universitarios para costearse unos estudios que, a la postre, ya no garantizan el acceso al mundo profesional.

“Si la universidad se aferra a la rigidez del pasado, correrá el peligro de convertirse en una reliquia para las mentes más brillantes del mañana”.

Entonces, ¿está la universidad condenada a desaparecer? Desde luego que no. El valor de la universidad reside en algo mucho más amplio que la mera transmisión de conocimientos para la inserción laboral inmediata. Los años de formación universitaria fomentan el pensamiento crítico, se convierten en un tiempo de socialización y maduración intelectual insustituible. Además, nunca se puede olvidar una labor universitaria tan importante o más que la enseñanza: las facultades son centros de investigación fundamental en ciencias humanas y básicas. Sin embargo, los campus ya no pueden ignorar que llega una competencia nueva.

Está claro que el futuro de la enseñanza superior no pasa por la desaparición de la universidad, pero sí precisa de una profunda reinvención. Las instituciones académicas tradicionales deberán aprender a colaborar de forma mucho más flexible con el sector privado, reduciendo la distancia entre la teoría de la academia y la práctica del ejercicio profesional, adaptándose a las demandas de un mundo donde el monopolio del conocimiento ya no les pertenece. Como ocurre en casi todos los campos humanos, si la universidad se aferra a la rigidez del pasado, correrá el peligro de convertirse en una reliquia para las mentes más brillantes del mañana. Es decir, tiene que ir reinventándose para seguir pilotando la transmisión del conocimiento teórico y práctico.

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